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Descoloniza tu mente

Maaruk, Warren Jones / 14 min de lectura / Activismo

Un filósofo en cultura, conciencia e identidad Yup’ik.

Ellange: adquirir conciencia; tener la primera experiencia que deja un recuerdo para toda la vida; ellanguq: él ha adquirido experiencia / Maaten-gguq ellanguq mat’umun nunakegtaarmun tanqircetqapiarluni camek-llu-gguq cali nalluami yuucini-llu nalluamiu murilkessiyaagpek’nani / Se dice que fue durante ese tiempo que ella se volvió consciente del luminoso y hermoso mundo. Porque ella no sabía nada todavía y ni siquiera sabía que era un ser humano, no observaba mucho. —De la segunda edición de Yup’ik Eskimo Dictionary (Diccionario esquimal Yup’ik) compilado por Steven A. Jacobson

Recuerdo el momento en el que me volví consciente. Me había quedado dormido leyendo cómics en la cabaña de mi abuelo Ben en Fort Davis a las afueras de Nome, Alaska, cerca de la desembocadura del río que lleva el mismo nombre. Mi mamá dice que aprendí a leer solo con un libro de Santa. No me acuerdo de eso, pero sí recuerdo Riverdale. (Mi abuelo Ben solía llamarme “cómic” porque siempre tenía la nariz enterrada en un cómic de Archie, una ventana hacia el mundo alienígena. Esa fue una palabra que terminaría habitando).

La radio estaba prendida y sonaba “Here Comes the Rain Again” de Eurythmics.

La canción se coló completamente dentro de mis sueños. Todo era en tonos rojos, como si estuviera mirando a través de unos lentes con cristales rojos. Estaba en el borde de un termokarst, una área que se forma a partir del permafrost en descongelación. La última capa se estaba saliendo como cuando se despelleja la piel. Todos los personajes de Archie estaban en ese borde conmigo.

El universo completo comenzó a girar alrededor del termokarst. La canción sonaba, yo giraba, los personajes de Archie giraban y girábamos y girábamos y entonces desperté.

Recuerdo la cabaña, recuerdo dónde estaba y quién era. No conocía la canción pero todavía la recuerdo vívidamente. Fue mi ellanguq. Me volví consciente de una forma diferente, un cumpleaños que nadie reconoce más que yo. Tengo recuerdos anteriores a ese momento, pero son como fotografías o cuadros. Me han contado muchas historias sobre mí mismo, por lo tanto puedo ubicar esas fotografías en un contexto, pero este es el primer recuerdo en el que puedo reconocer quién soy, dónde estaba y lo que estaba haciendo. Adquirí conciencia.

La conciencia es el principio fundamental de la cultura Yup’ik. No es el único pero es tan importante para nuestra cultura como lo es el individualismo para la cultura norteamericana. Así como la libertad es el corolario del individualismo, la responsabilidad lo es para la conciencia y esa responsabilidad puede significar una gran carga.

“Esta parte de ti no es diferente a la de un perro”, dijo mi tío señalando mi cuerpo. “Yuuyaraq se trata de desarrollar esa parte de ti que se ha creado a imagen de Dios”. Me estaba dando una lección sobre nuestras creencias tradicionales. Hablaba sobre desarrollar la mente y el espíritu de la misma forma en la ejercitas tus músculos. Me advirtió sobre ser cuidadoso sobre el tipo de cosas que dejaba entrar a mi mente.

A veces intentaba contarme sobre las leyes de los pueblos indígenas americanos, bocados del pasado que escuché de los mayores, tías, tíos y otros parientes. Pero yo estaba interesado en nuestras creencias y estructuras más que en cualquier otro aspecto.

Cuando eres un bebé, todavía no eres consciente. Mi esposa Sacha y yo concordamos en que nuestro hijo Mayuq, que cumplió cuatro el año pasado, todavía no es consciente.

Mayuq habla bastante bien y se da a entender la mayor parte del tiempo, pretende que lee, dibuja y pinta representaciones reconocibles de la familia y de sus personajes favoritos. Mira películas una y otra vez, se las sabe de memoria, representa secuencias y escenarios detallados con sus juguetes, pero todavía no es consciente. Lo será pronto.

Te puedes comunicar de una manera diferente cuando alguien se ha vuelto consciente. Una vez que las personas se vuelven conscientes, les podemos empezar a enseñar diferentes cosas de una manera en que antes aún no era posible, lo que no significa que no estén aprendiendo. Están observando y copiando las cosas que hacemos. Prestan atención a cómo actuamos, incluso cuando todavía no pueden analizar lo que decimos o queremos decir.

Hasta donde sé, la conciencia llega en diferentes momentos para cada uno de nosotros, mi hijo mayor recuerda el jardín de infantes. Cuando tenía tres años, hablaba sobre cómo era estar en el útero. Pero como Mayuq no es consciente, no puedes responsabilizarlo de las cosas que hace de la misma forma que lo harías con alguien que ya es consciente. En la sociedad tradicional Yup’ik, jamás le levantarías la voz o te enojarías con un niño, eso es algo a lo que aspiro.

“Mi mamá y sus hermanos crecieron en este mundo. Mi tío dice, ‘a veces se siente como si recién hubiéramos salido de la tundra‘”

Mientras más aprendo sobre mi cultura, más la valoro como algo más que simplemente una visión antigua del mundo. El proceso de volverse consciente es algo que sucede a lo largo de toda la vida.

Los Yup’ik creen que todo tiene un espíritu—iinruq. Los espíritus humanos se llaman anerneq, que hace referencia a la respiración. Tu nombre y tus significantes te ubican en la categoría de las cosas nombradas, y uno puede tener muchos nombres y apodos que también son especiales. Incluso en tiempos modernos, personas de todas las culturas a menudo llevan varios nombres tanto oficiales como sociales. Para los Yupiit, nuestro nombre es el legado de quienes estuvieron antes que nosotros y llevamos el nombre, y a menudo también algunos de los atributos, de quienes lo llevaron antes que nosotros. Yo soy Maaruk. No sé qué iteración, pero soy una iteración. No sé qué tan antiguo es el nombre, pero se ha traspasado de una persona a otra desde antes que exista memoria. Es un nombre antiguo. La palabra misma ha caído en desuso y nadie me ha podido decir lo que significa. Pero sé de dónde viene: Mamie Seton. Sé que alguien llevará el nombre después que yo muera. Soy parte de una cadena de personas, una cadena de vidas y relaciones forjadas en vida y muerte.

La siguiente parte es tu mente. Es el esquema de información desde donde funcionas y tu conjunto de creencias sobre el mundo, las reglas y patrones que almacenas y usas para funcionar. Tu mente también contiene tu narrativa. ¿Por qué estamos aquí?, ¿cómo llegamos acá? Tu mente es importante y es importante ser consciente de los axiomas desde donde funcionamos. Muchas de estas creencias son enseñanzas más que experiencias.

Tu cuerpo es el nodo desde donde accedes al mundo físico y es el vehículo para tu espíritu y tu mente. El cuerpo es una herramienta maravillosa, pero no eres tu cuerpo. Si tienes la mala suerte de perder tu dedo, ¿qué parte de ti se fue con él?, ¿quién queda?

Tú no eres tus pensamientos o tu mente, tampoco tu cuerpo. Esto se refleja en la forma en que nosotros, los Inuit, nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Tú y las personas con las que interactúas no son sus pensamientos o acciones sino los creadores de esos pensamientos y acciones. Esta idea es una distinción esencial, porque permite separar a una persona de sus palabras y acciones.

Intenta recordar, no tiene que ser tu primer recuerdo, solo algún primer recuerdo. ¿Quién era esa persona? Por supuesto que puede parecer que es otra persona, pero eras tú. Siempre fuiste tú. Nuestro esquema de información (nuestras experiencias y paradigmas internos) es lo que cambia, pero lo esencial de quién eres, permanece. Ellanguq es el punto de inicio en tu desarrollo y la conciencia que tienes de ti mismo y del mundo que te rodea continúa desarrollándose a lo largo de tu vida. Todos podemos recordar cosas que solíamos pensar o cosas que hemos hecho que no son coherentes con quien somos o con quien queremos ser. La mente puede y de hecho cambia. La concepción de una persona en la cultura Inuit reconoce esto y permite crear espacio para que este crecimiento suceda.

Durante mucho tiempo tuve un recuerdo errado de la canción de mi sueño. Un día estaba en la ducha y ese recuerdo se volvió tan fuerte que podía escuchar la canción. Fui a la computadora y busqué Eurythmics en YouTube. La primera recomendación era “Sweet Dreams” y la puse, pero como había escuchado tan claramente la canción cuando estaba en la ducha, rápidamente supe que no era la que estaba buscando. Puse la siguiente recomendación. La reconocí a penas comenzó a sonar, “Here comes the rain again, falling on my head like a memory”.

Los recuerdos se agolparon en mi mente, cosas que no había recordado en años. Como la mayoría de los niños de mi generación, vagábamos libremente por todo Nome durante los largos días de verano y los cortos días de invierno. En primavera, recolectábamos vegetales y recogíamos huevos de aves salvajes. Poníamos redes para cazar salmones en la playa y mamá y papá cortaban los pescados, los encurtían y los secaban. Un montón de anaqueles de salmón secándose con el frío aire costero. Mis hermanos, primos y yo comíamos todo aquello que se nos había enseñado era comible: apio silvestre que sabía a apio a secas; bayas que crecían entre las altas hierbas de caminos raramente usados. Perseguíamos marmotas hasta sus madrigueras y salían por el otro extremo y nos gruñían.

Fuimos a la escuela como todos los niños, pero las actividades seguían durante el invierno. Pescábamos bacalaos en el hielo y poníamos trampas para los cangrejos gigantes que luego comíamos con aceite de foca como si fuera mantequilla. En la calle principal de Nome había tiendas y bares, bancas detrás de una costanera de rocas con vista al mar de Bering. Si teníamos dinero, íbamos a la tienda de caramelos y luego paseábamos por el hielo a los largo de la costa, saltando de un bloque a otro mientras se rompía. Cazadores venían a casa con focas o morsas. Todo eso conformaba el curso normal de los eventos cotidianos para la mayoría de las personas en mi entorno.

Soy Gwich’in por parte de mi papá. Del pueblo de Edward Charles Jones proveniente de Fort Yukon y Nenana. Nací en 1977 y mi madre es Beatrice O’Brien. Mi padre biológico le dijo a mi mamá que lo esperara para ponerme un nombre, así que ella esperó. Pero él nunca volvió. Ella me dice que camino como él, hablo como él y sonrío como él, pero nunca lo he conocido. “Sr. Jones”, así me han dicho mis tías y tíos desde que era un bebé. Aunque mi nombre Yup’ik es Maaruk, eventualmente me pusieron el nombre inglés Warren. Warren Richard Jones. Warren porque era su pequeño guerrero; Richard por mi tío paterno que murió antes que yo naciera; y Jones por un ancestro blanco que se llamaba Frank Chester Jones y que vivió en Fort Yukon y se casó con mi bisabuela, Mary Roderick, por parte de mi papá. Sus hermanos fueron de los primeros colonos blancos en Nenana.

Somos Yup’ik por parte de mi mamá, de Naparyarmiut, una ciénaga creada por la marea en Hooper Bay, la bahía de donde el pueblo obtiene su nombre inglés. Me crie en Nome con la familia de mi padrastro, quienes son Inupiaq. Nome está en la costa del mar de Bering en una zona que ha sido habitada por largo tiempo y que se conoce como Sitnasuak. Vivió un famoso periodo de la fiebre del oro y en un censo de 1900 se contaron 12.000 habitantes. Nome es también donde muchas personas de King Island se vinieron después de que se cerrara su escuela y, hoy, Nome es principalmente indígena pero tiene una comunidad no nativa considerable.

A finales de los 80, nos mudamos a Palmer, una pequeña y bulliciosa comunidad colonial en tierra Dena’ina en el valle de Matanuska-Susitna. Ahí pasé mis años de adolescencia vagando por los bosques, montañas, glaciares y ríos. Mis primos que crecieron en este pueblo me enseñaron donde encontrar tartas y deliciosas grosellas en los bosques. Nos robábamos zanahorias y repollos de los jardines durante la noche, como los conejos. Incluso sin contar la geografía, el carácter de Palmer era muy diferente del de Nome, porque estaba conectado al sistema de carreteras y a poca distancia en automóvil de Anchorage, la ciudad más poblada de Alaska.

Aquí, no me fue muy bien en otros aspectos. La transición cultural fue difícil para todos nosotros, creo, pero el valle ofrecía comodidades y experiencias que lo compensaban. De todos modos, terminé expulsado de la preparatoria durante los dos primeros años y fui institucionalizado varias veces durante ese periodo. Me fue bien los dos últimos años, pero al final abandoné, saqué el diploma y me inscribí en una universidad comunitaria para estudiar matemáticas. Trabajé en una fábrica de enlatados, en el puerto y como pescador durante los veranos, también fui vendedor viajero de ShamWow! y Magic Pens durante el invierno. A finales de la década de los 90, junto a un grupo de amigos empacamos nuestros bolsos y nos fuimos a Seattle. Mi primer trabajo fue en el Mercado Pesquero de Pike Place. Todos teníamos la intención de finalizar la universidad en Washington, pero nunca sucedió y terminé reclutado en el Cuerpo de Marines por mi hermana menor.

Mi padrastro, mi hermana y yo servimos como marines. Me fue muy bien en la prueba de aptitudes militares y pude elegir entre varias opciones, pero lo que yo quería era infantería. Me estaba inscribiendo por la aventura. Quería disparar proyectiles y lanzar granadas. Terminé como explorador para el Primer Batallón de Reconocimiento de Armas Ligeras, donde serví entre 2002 y 2006. Aprendí muchísimo y serví con muchas buenas personas, hombres y mujeres de todo el país. Conocí y estuve bajo el mando de verdaderos guerreros que me enseñaron muchísimo sobre la ética de un verdadero guerrero, pero también me enseñaron a no romantizar las guerras ni por qué la peleamos.

Fue en ese entonces que conocí a mi mujer. Estaba en una fiesta en Los Ángeles cuando vi entrar una hermosa argentina y no pude dejar de mirarla. Mantuvimos una relación a distancia después de que dejé el ejército para ir a la universidad en Alaska. Al final decidimos vivir en Seattle, donde nació nuestro primer hijo. Seguí estudiando allí, pero el destino, su trabajo y nuestras vidas nos llevaron de vuelta a Anchorage, donde vivimos ahora con nuestros cuatro hijos.

Me he encargado de cuidar a nuestros hijos por 12 años. Mi mujer tenía un mejor trabajo y muchas mejores expectativas de crecimiento y yo estaba yendo a la universidad en esa época. Traté de agendar todas mis clases en dos días de la semana para minimizar los días que necesitáramos de alguien que cuidara a los niños. Por esta manera de organizar mi horario terminé con muchas más clases de filosofía política de las que hubiera querido, pero terminé disfrutándolas mucho más de lo que me hubiera imaginado.

Fue cuando volvimos a Alaska que comencé a explorar más profundamente sobre quién soy y de donde vengo. Aquí aprendí sobre la historia del colonialismo y tomé clases sobre la naturaleza y escala de la epidemia de violencia contra las mujeres indígenas, así como de la oscura historia de la iglesia al traer la pedofilia a nuestras comunidades. Escuché testimonios de mi propia familia sobre lo que vieron y vivieron. La iglesia les pagó sumas cuantiosas, pero hizo muy poco por aliviar el daño que les provocó a ellos y a nuestras familias. La historia que me contó mi tía me dejó llorando de rabia e impotencia hacia la iglesia y sus actitudes, que permitieron que tales cosas le sucedieran a mi gente.

Estudiamos a Platón y Aristóteles y diseccionamos la Constitución. Discutimos las semillas de muchas ideas, incluyendo lo que consideraba justificaciones poco sólidas para conceptos como la propiedad privada (que damos por sentado). Aunque finalmente terminé teniendo un gran aprecio por la filosofía occidental y los pensadores en general, también terminé dándome cuenta de que tenemos nuestras propias ideas sobre muchas de estas cosas y, hasta donde puedo ver, nuestras ideas son igualmente legítimas, si es que no más, en muchos aspectos.

Las estructuras de gobernanza Yup’ik son tan diferentes de las occidentales que los exploradores y colonos que llegaron pensaban que no nos regíamos por ningún sistema de gobierno. Nuestra sociedad tenía estructuras de gobierno descentralizadas. Nuestros asentamientos y campamentos permanentes estaban esparcidos por toda la tierra. Nuestras leyes eran conocidas por todos y cada Yuk era responsable de cumplir las leyes y estructuras yuuyaraq. Yuuyaraq es el producto de miles de años de sabiduría de personas viviendo y aprendiendo las lecciones del Norte, un lugar de gran belleza y profunda conexión espiritual para todos quienes han pasado tiempo aquí.

Veíamos el mundo como un pluralismo anidado. El mundo está habitado por “espíritus” y todo tiene su “espíritu”. El mundo físico y todas sus leyes existen, pero son parte de un esquema mayor, un “universo espiritual” que es la base del mundo físico. El espíritu del mundo podría ser lo más cercano a lo que describe la cultura Yup’ik, pero no es exactamente eso. Cada cosa física tiene presencia y, en mayor o menor medida, esa presencia se extiende hacia el universo. Una montaña tiene un propósito en su presencia escarpada y quienes la escalamos y vivimos en ella, y en sus alrededores, entendemos la forma en la que la montaña impone su propósito en el espacio que ocupa. La cultura Yup’ik considera la montaña un ser sintiente. Tiene conciencia de cómo es tratada.

Ir a la universidad en Alaska me entregó perspectivas y oportunidades que no habrían sido posibles en otro lugar. Leíamos The Federalist Papers (una colección de 85 ensayos y artículos para promover la ratificación de la constitución) y también The Anti-Federalist Papers. Como Governance Fellow (asociado de gobernanza) del First Alaskans Institute, exploré las formas en que la gente estructuraba el mundo y podía seguir el desarrollo de conceptos e ideas hacia estructuras e instituciones. Comencé a preguntarme cómo serían nuestras estructuras de gobiernos e instituciones hoy en día si se les hubiese permitido evolucionar por su cuenta. Mi conciencia crecía.

“Una montaña tiene un propósito en su presencia escarpada y quienes la escalamos y vivimos en ella, y en sus alrededores, entendemos la forma en la que la montaña impone su propósito en el espacio que ocupa”

A menudo escucho a personas no nativas comentar su falta de cultura y conexión. Eso me sorprende. Hasta hoy día, he pasado gran parte de mi vida aprendiendo cómo navegar la cultura occidental y casi todo mi tiempo en la universidad aprendiendo sobre la historia y los orígenes de la cultura que estas personas ahora niegan que exista. No están solo demostrando su ignorancia. Dicen que no existe. Todo aquello comenzó mi viaje y exploración de lo que es la cultura y lo que significa, un tema que es importante para mí, ya que una de las problemáticas principales que trabajo es precisamente la de preservar y revitalizar la cultura. Aunque la comida y el arte son parte importante, la cultura es mucho más que eso. La gente no peleó y murió para preservar un estilo de joyería o técnicas de preparación de la comida. Estas prácticas representan algo mucho más fundamental.

Tuve el privilegio de crecer en el mundo que crecí. Aprendí las lecciones que la tierra tenía para ofrecerme y mi niñez moldeó la manera en que veo el universo completo. Sabía que no podía entender completamente el mundo de mis ancestros solo leyendo la historia. Las historias de los tiempos de mis bisabuelos me dejaron claro que ellos existieron en un mundo que no podía reproducir. Ahora, a mis 44 años, intento entender sus vidas y el contexto en el que vivieron, observo las enseñanzas y visión de mundo desde esa perspectiva. Mis tías y tíos son los únicos testigos en nuestra familia de los últimos remanentes de un mundo que ahora solo existe a pedazos. Cuando me cuentan historias, no puedo imaginar lo extraño que debe ser para ellos vivir en la era de la información, de las redes sociales, donde la información viaja rápido (y las sandeces, más) y hay tanto en que estar al día que nadie es capaz de saberlo todo. Incluso yo siento a veces que estoy viviendo en el futuro.

Quién soy está profundamente enlazado a la nuna, la tierra. Los primeros exploradores se sorprendieron al encontrar gente acá, donde mis ancestros más cercanos parecían salir de la tierra para saludarlos. Mi mamá y sus hermanos y hermanas crecieron en ese mundo. Mi tío dice, “a veces se siente como si recién hubiésemos salido de la tundra”.

Gran parte del conocimiento que reside dentro de mí proviene de múltiples fuentes. De las experiencias, de los textos académicos y las narrativas históricas coloniales, de personas en la carretera y borrachos, de líderes empresariales y de mis tías y tíos. Y algunas de estas categorías se traslapan. Mucha de esta gente le minimiza su conocimiento porque ese conocimiento no es importante para el mundo en el que nos encontramos inmersos.

Entendimos algo de Dios mucho antes de que llegaran los misioneros. Teníamos una comprensión que venía del entorno en el que vivíamos, un entorno que proporcionaba enseñanzas que eran difíciles. Es por eso que además somos alegres y graciosos. El mundo ya es lo suficientemente duro y lo sabemos. El crisol en el que mi mundo se forjó está cambiando, quizás para bien, pero el mundo sigue ahí todavía con las mismas enseñanzas.

Esta historia se publicó originalmente en la revista de Patagonia de Otoño 2021.

Perfil de autor

Maaruk, Warren Jones

Maaruk, Warren Jones es un Asociado para el Salmón de Alaska en el Alaska Humanities Forum y un ex Asociado de Gobernanza del First Alaskans Institute. Warren es un protector de la filosofía del norte que investiga las filosofías propias del Círculo Polar Ártico. Es un periodista galardonado, poeta, dueño de casa y padre de cuatro hijos.