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No estoy herida, estoy sanando

Aimee Eaton / 13 min de lectura / Fly Fishing

Quitarte los vendajes es solo el comienzo.

Estoy en la ducha, el agua fluye un poco más caliente de lo necesario y el vapor llena el espacio. La venda en mi hombro derecho parece un pañal repleto de líquido, bolsudo, pesado y caído. Debajo de ella, mi brazo cuelga inútil y está hinchado hasta la punta de mis dedos. No lo reconozco. Todavía está pegajoso y amarillo por el antiséptico con el que lo pintaron en la sala de operaciones hace cinco días. Podría ser de utilería, una prótesis de goma para hacer malas bromas y darle la mano a los políticos. Me cuesta alcanzar los vendajes bajo el omóplato, la axila y alrededor del bíceps con la mano izquierda para afirmarlos. Finalmente, logro soltar una esquina cerca de la clavícula y comienzo a tirar, la delicada piel se estira mientras el adhesivo del vendaje cede ¿Lo saco rápido o lentamente? La eterna pregunta.

Comencé a tener problemas en el hombro cuando tenía 17 años. Deslizándome en un halfpipe, salté y caí directo al piso desde más de tres metros y medio. Se me dislocó el hombro hacia delante y hubo que llamar a la patrulla de emergencia. Uno de los patrulleros me sostuvo fuertemente de las costillas, mientras el otro movía mi brazo como si estuviera lanzando una pelota, para reducir la dislocación. Me llevaron en trineo hasta la enfermería del centro de esquí. Luego de cuatro horas, un doctor en el pueblo me pasó un cabestrillo y me dijo que descansara un par de semanas.

Un mes después, me disloqué el hombro nuevamente. Luego, otra vez. Ocho meses y media docena de eventos después de esa primera lesión, ingresé a cirugía para corregir mi hombro y prevenir futuras dislocaciones. El cirujano hizo una incisión vertical de más de 10 cm justo sobre la axila y fijó 5 anclajes de metal al hueso de la cavidad glenoidea del hombro para unir y ajustar los ligamentos que ayudan a mantener la estabilidad de las articulaciones. Seis semanas después, me disloqué nuevamente.

El vendaje golpea la cerámica de la ducha y suena un chasquido húmedo mientras me saco la última tira de cinta. Han pasado 22 años desde mi primera cirugía de hombro. Una vida marcada por las dislocaciones, de las que he tenido que aprender, por ejemplo, a nunca recostarme con los brazos estirados sobre la cabeza, a siempre mantener los músculos de la espalda superior y trapecios firmes. Me cambié de deporte, dejé sueños respecto de una carrera deportiva profesional, aprendí a lanzar, comer y escribir con la mano izquierda, dejé de nadar, de escalar, me convertí en experta en reducir la posibilidad de dislocaciones, adapté posturas de yoga para evitar estresar las articulaciones, cambié mi forma de dormir, la forma en que abrazo, la forma en que vivo. Lo acepté y seguí adelante.

Luego, la primavera pasada, mi hijo de cinco años me golpeó en el codo y el hombro se me salió, la dislocación más mundana posible. Un mes después, lancé un frisbee y otra vez se salió. A comienzos del otoño, ya no podía levantar el brazo. No podía tomar en brazos a mis hijos, abrir una puerta, tomar una taza de café o andar en bicicleta. Me convertí en un producto de mi propia negligencia y no podía seguir así.

“El cirujano hizo una incisión vertical de más de 10 cm justo sobre la axila y fijó 5 anclajes de metal al hueso de la cavidad glenoidea del hombro para unir y ajustar los ligamentos que ayudan a mantener la estabilidad de las articulaciones”

La autora ingresa a cirugía para reparar el hombro dañado. Foto cortesía de Aimee Eaton

La cirugía fue compleja. Al revisar el scanner en una reunión previa con mi doctor, parecía que no solo había destrozado una parte del hombro, sino que lo había dañado completamente, además de la clavícula y el bíceps. Cada lesión requería un procedimiento específico.

“Bueno, no me gusta dejar las cosas a medias”, bromeé mientras me sentaba en la camilla.

Buscamos refuerzos y pedí otras opiniones. Cada experto veía una prioridad diferente: reconstruir la cavidad usando el hueso de algún cadáver y tornillos; separar la operación en varios eventos durante dos años; usar un trocito de mi ya dañada clavícula para reafirmar lo hecho en esa antigua operación; proteger el rango de movimiento, pero sin perder la estabilidad.

Navegábamos aguas desconocidas y, a pesar de nuestros planes, mucho de lo que sería hecho, debía ser determinado en la sala de operaciones, basado en la experiencia de la bata de hospital. Momentos antes de ponerme la anestesia, miré a mi galardonado cirujano especialista en hombro y le dije, “haz un buen trabajo”. Se rio, yo no. Esta no era mi primera operación; necesitaba alguna garantía de que fuera la última.

De regreso en la ducha, cuento las banditas Steri-Strips que cubren las perforaciones alrededor de la circunferencia de mi hombro y que empujan cuidadosamente la incisión que comienza bajo mi antigua cicatriz y se alarga hacia el bíceps. Bajo el Dermabond, un adhesivo quirúrgico utilizado para cerrar heridas, mi piel se ve plástica y medio alienígena. Una sutura interna sobresale como un hilo de pesca abandonado. Hay muy poca sangre, pero bajo el moretón, grande y colorido, puedo descifrar mis iniciales, escritas con un marcador permanente con la mano izquierda. Había firmado mi hombro antes de la operación para que el equipo médico no operara el lado equivocado.

Finalicé mi inspección y dejé mi brazo colgando al costado. Mientras planificábamos la operación, durante la cirugía en sí misma y los primeros días posteriores, me mantuve tranquila. Ahora comienzo a desarmarme. Estar herida ha sido parte de mí por tanto tiempo que no estoy segura de saber cómo confiar en este proceso. Estoy aterrorizada y llena de esperanza. Así que lloro. Luego, corto el agua y salgo de la ducha para comenzar a sanar.

A lo largo de los años, he tenido el privilegio de pasar muchísimo tiempo persiguiendo aventuras, pero también ha habido periodos largos en los que salir a pescar o caminar no era posible. A veces fue debido a responsabilidades, como necesitar dinero para pagar las cuentas, terminar estudios y cuidar a mis seres queridos. Otras veces, más veces de las que quisiera recordar, ha sido por enfermedad y lesiones, y no solo relacionadas con el hombro. He sido transportada de emergencia por el aire y en ambulancia. Me han hospitalizado y también me han indicado reposo. He pasado meses en terapia física y en unidades de cuidados intensivos. He caído una y otra vez, luego he vuelto al ruedo. Con todo, he logrado reconocer que la paciencia es una virtud. Desafortunadamente, no una que yo posea.

La cuota de reparación, incluido el costo de financiamiento, el tiempo comprometido y el tiempo fuera requerido, el uso de recursos varios y perder la confianza en la posibilidad del éxito son las principales razones por las que, luego de mi primera operación fallida del hombro, no quise intentar inmediatamente una nueva operación. En vez de eso, intenté ignorar el problema. Cuando ya no fue posible, cambié de camino e intenté evitar el problema. Me reinventé a mí misma una y otra vez, pero tenía miedo de lo que pasaría si una segunda operación fallaba. La ignorancia, aunque a menudo dolorosa e incómoda, era un alivio.

“Existen básicamente dos respuestas al estar lesionado y recuperarse: caer en el profundo foso de la depresión, la ansiedad y la desesperación o encontrar otra manera de llenar ese espacio normalmente ocupado con actividades.”

Una tormenta de otoño golpea el Parque Nacional Glaciar, en Montana. Foto: Will McKay

Pasar el tiempo al aire libre es mi pasión. Es lo que inspira mi trabajo, donde vivo, cómo educo a mis hijos, cómo voto y cómo compro. También representa una gran parte de cómo paso los días. Sin eso, existe un vacío que implora ser llenado y el relleno es complicado.

Si escribes en un buscador “lesiones deportivas” y “salud mental”, tu pantalla se inundará con artículos sobre el peso mental de las lesiones, cómo lidiar emocionalmente y el viaje emocional que significa volver a la actividad. Quejas comunes de pacientes que participan de estudios de investigación incluyen tristeza, aislamiento, irritabilidad, falta de motivación, rabia, frustración, problemas de sueño, aumento en el abuso de drogas y alcohol, así como un hastío general, entre otros. Para contrarrestar estos efectos negativos, los expertos sugieren “redirigir la energía” escribiendo, enfocándose en la gratitud, buscando a tus amistades, nuevos pasatiempos apropiados para tu lesión, terapia y planificando actividades futuras.

De acuerdo a todo esto, parece que existen básicamente dos respuestas al estar lesionado y recuperarse: caer en el profundo foso de la depresión, la ansiedad y la desesperación o encontrar otra manera de llenar ese espacio normalmente ocupado con actividades. En teoría, parece una opción fácil, pero como la mayoría de las cosas, la realidad no es tan simple.

Antes de la cirugía, hice una lista de las cosas que había planeado lograr durante los próximos ocho meses de recuperación. Mi línea de tiempo anticipada para volver a pescar, andar en bicicleta, esquiar y correr. Sin ningún orden el particular, mi lista incluía escribir un libro, fortalecer mi musculatura del tronco, aprender un idioma, llamar al congresista de mi zona, caminar cinco veces a la semana, hornear croissants perfectos y convencer a mis hijos de recoger sus benditos LEGO. A medio camino de mostrarle esta lista a mi pareja, me frenó.

“¿Qué?”, le pregunté. “¿No crees que pueda hacerlo?”

“Por supuesto que puedes”, dijo él. “Pero no tienes para qué. Podrías simplemente no hacer nada. Trabaja en sanar y no tener expectativas más allá de estar para ti misma”.

Él es el imperturbable de la pareja. Yo soy la que se altera, la que piensa demasiado y se preocupa, la que intenta exprimir cada limón para llenar el vaso, solo para terminar con jugo en los ojos y cortes de papel que duelen como quemaduras. Pude ver su razonamiento y valoré su perspectiva, pero también sabía que me esperaban días difíciles si no tenía nada planeado más que sentarme en el sillón y las sesiones dos veces por semana de terapia física. Coloqué mi lista en el refrigerador.

“Paso de los celos a la frustración y del agotamiento a la melancolía. Me siento como una total idiota por compadecerme a mí misma mientras tantas personas lo están pasando tan mal y el mundo completo está prácticamente en llamas.”

Para la mayor parte del mundo, decir que los últimos han sido dos años duros es quedarse corto. Estamos más aislados que nunca, más solos y solitarios. The Lancet, una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo, publicó un estudio en 2020 donde se describe el impacto del COVID-19 en la salud mental en el mundo. Los autores descubrieron que los trastornos depresivos más importantes habían aumentado en un 27,6 por ciento a nivel mundial desde el inicio de la pandemia y los casos documentados de trastornos de ansiedad habían aumentado en un 25,6 por ciento. Eso fue hace dos años y, a pesar de la disponibilidad de vacunas, las cosas no han cambiado mucho.

De acuerdo con la Clínica Mayo, un centro médico académico no gubernamental en Estados Unidos, desde el comienzo de la pandemia, el número de adultos que informan síntomas de estrés, ansiedad, depresión e insomnio ha aumentado ampliamente, muchos de los síntomas informados por atletas lesionados. Mientras que el aislamiento y las cuarentenas han servido para evitar el contagio de la enfermedad y preservar la vida, también han dejado a más personas solas sin un escape sano en el que recargarse, dejar salir las tensiones y encontrar una cuota mínima de felicidad. Nuevamente, una situación en la que se encuentran muchas personas amantes de la vida al aire libre que pasan por una lesión. Esta doble cara se siente exponencial en su capacidad depresiva y es claro que los psicólogos deportivos que hablan de actividades alternativas durante una lesión no se han planificado para una pandemia.

Todo esto lo pienso mientras estoy sobre la camilla de mi terapeuta a las ocho de la mañana. Ella estira mi brazo y lentamente intenta rotarlo más de 90 grados.

Estoy llorando por la sensación hormigueante, tensa y quemante.

“¿Cómo estás?”, me pregunta. Mueve mi brazo y pasa los 90 grados. Funciona y gana cinco grados más de elongación.

“No genial”, le digo. “De hecho, mal. ¿Fuiste a esquiar ayer?”.

Nevó 50 centímetro hace dos noches. Por supuesto que fue. Igual que todas las personas que conozco. Ella avanza los cinco grados y se queda ahí.

“Respira profundamente y trata de relajarte. Dime si es demasiado”.

No me puedo relajar y todo es demasiado.

“Odio esto”, le digo. “No la elongación, eso está bien, pero todo esto, estar herida, perderme la diversión”.

Sin darse cuenta, mi terapeuta abrió una puerta.

“Estoy enojada todo el tiempo. Paso de los celos a la frustración y del agotamiento a la melancolía. Me siento como una total idiota por compadecerme a mí misma mientras tantas personas lo están pasando tan mal y el mundo completo está prácticamente en llamas. Pensé que lo haría mejor que esto”.

Continué diciendo que sabía que mis problemas eran pequeños y que todos los días personas que aman estar al aire libre tanto como yo están sufriendo y algunos no tendrán la posibilidad de recuperarse como yo. Le digo que puedo ver mis privilegios y mi fortuna golpearme en la cara y sigo actuando caprichosamente. Soy como un cerdito en el lodo, revolcándose en su tristeza, que luego se siente culpable por haberse ensuciado.

Como ella es buena y amable, aunque me esté haciendo sentir dolor y me torture con la terapia física, me escucha. Me recuerda que no estoy herida, que estoy sanando. Que estar triste es parte de la recuperación y que el camino por recorrer todavía es largo. Amablemente, me dice que ver la panorámica y sentirse mal por el mundo, mientras también sufres por tu situación personal, está bien. Ambas cosas coexisten y, aunque no son iguales, ambas son válidas. Una no niega la otra. Le digo que quizás cuando planeamos la cirugía y la posterior terapia física, debimos planificar terapia psicológica también.

“Lo intentamos una vez”, me dice. “Un paciente quería algún tipo de terapia grupal”.

“¿Y qué pasó?”

“Nos sentamos en un círculo, todo el mundo dijo cuán frustrado se sentía y luego regresaron a sus ejercicios”.

Le digo que suena bien.

“Subimos a los tres niños al bus y nos vamos a la montaña. Es un fiasco”

Ha pasado un mes y medio y tengo una cita postoperatoria de rutina con mi cirujano. Tiene un bebé recién nacido en casa y mientras revisa mi incisión y evalúa mi movilidad, hablamos de los niños, la falta de sueño y sobre mantener una identidad propia luego de ser padres. Me recuerda que los mayores riesgos para mi recuperación son las caídas, mover el hombro antes de que me den de alta y fumar. No tengo planes de prender un cigarro por ahora, pero las otras preocupaciones son reales. Le cuento que esperamos que nuestra hija menor esquíe por primera vez en los próximos días y que me siento un poco desanimada por perdérmelo.

“No te lo pierdas”, me dice. “No arreglamos tu hombro para que te pierdas la vida”. Me dice que ponga tracción a las botas, que ni se me ocurra ponerme los esquís, que sea cuidadosa y que vaya.

Al día siguiente, lo hago.

Subimos a los tres niños al bus y nos vamos a la montaña. Es un fiasco. El plan era que los dos mayores esquiaran en el área de principiantes y que pudieran dar vueltas rápidas, mientras yo miraba y animaba a papá y a la hermanita menor, pero ella no quiso. Les dije a los chicos que se fueran a esquiar y me quedé sentada con mi hija y comimos un bocadillo. Diez minutos después, comenzamos a movernos lenta y cuidadosamente hacia la base. Esto no es fácil. Los niños pequeños con botas de esquí son difíciles de manejar y pronto tengo a mi hija colgada de mi hombro bueno como un saco de papa, mi otro brazo está inmovilizado y seguro en el cabestrillo. Avanzamos la mitad del camino de la colina antes de detenernos. Le pregunto si quiere ponerse los esquís y que la remolcaré la otra mitad del camino. Ella acepta y luego de avanzar tres metros, decide que ama esquiar. Su voz se escucha en la pendiente, “¡esquiar es tan entretenido!”.

En la cima de la colina, quiere bajar esquiando nuevamente. Yo corro hacia atrás para que ella esquíe hacia mí. De regreso en la cima, ella me dice, “mamá, no ayuda, yo puedo”. Y así lo hace por casi dos horas. Esquía hacia abajo de la colina, yo la remolco hacia arriba. He esquiado cientos de veces y he tenido tantos “mejores día de mi vida”, que ya perdí la cuenta. Aunque este no es el mejor día sobre los esquís, es uno de mis mejores días de esquí.

“Estoy emocionada por ponerme los pantalones con ambas manos y cerrarme yo sola el abrigo, aunque todavía pasará un tiempo antes de que pueda levantar un galón de leche con la mano derecha”

Hoy llevo dos meses de rehabilitación y me quedan seis más. Cruzo los dedos para que la próxima semana la terapia física comience una nueva etapa más activa. Estoy emocionada por ponerme los pantalones con ambas manos y cerrarme yo sola el abrigo, aunque todavía pasará un tiempo antes de que pueda levantar un galón de leche con la mano derecha.

En casa, la vida sigue. Las cosas no se detienen solo porque yo me mueva más lento de lo normal, y siempre pasan cosas. La semana pasada, hubo cuatro casos de amigdalitis en nuestra familia de cinco y vómitos repentinos en la cena. Luego se cerró la escuela por un brote de COVID-19. Durante esos días que se sienten como si el mundo se redujera a cuatro paredes y que no hay diversión, miro mi lista en el refrigerador. Ha estado ahí lo suficiente como para tener las puntas dobladas.

En medio de la rutina diaria, he ido marcando la lista: hornear pan, escribir cartas, caminar por el barrio, hacer mi terapia. Relleno los espacios en mi día y generalmente se siente bien. Es satisfactorio poder empujar una bandeja de croissants perfectos y leudados naturalmente. El tiempo aprovechado escribiéndole a los políticos sobre reincorporar y crear una mejor Ley de Aguas Limpias e introducir políticas alcanzables y realistas sobre el clima se siente bien. Aún así, nunca he disfrutado pasear por el barrio, y la satisfacción y la recompensa son diferentes de la diversión tipo acelerador a fondo y dejándolo todo en la cancha. El tipo de diversión que viene de perseguir un pez, empujar los neumáticos hacia el peralte o llegar a la cima de una montaña con 20 centímetros de nieve fresca y sin un alma a la vista. Extraño esa diversión.

La extraño un montón y solo cruzo los dedos para que dentro de un año, cuando haya terminado todo lo de mi lista, el mundo se sienta grande otra vez.

Perfil de autor

Aimee Eaton

Aimee es escritora, esposa y madre de tres niños de 7, 4 y 2 años. Escribe a menudo sobre la intersección entre la actividad humana y el medio ambiente. Actualmente, está trabajando en un libro infantil para ayudar a los adultos a hablar con los niños sobre el cambio climático.